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jueves, 15 de mayo de 2014

Víctor del Árbol: “La novela negra que me interesa es la guerra que hay dentro de nosotros”

Víctor del Árbol es todo un exponente de la novela negra en Francia tanto que allá los lectores le conocen como el escritor del dolor, sin embargo hoy camina hacia la conquista de España porque desea ser profeta en su tierra.  Paciencia es lo que le sobra, es por eso, que con toda tranquilidad y entusiasmo se lanza a la promoción de su novela Un millón de gotas, que según él, es una gran historia de odio, pero también de amor.

¿Cómo un hombre que se dedicó a actividades tan disímiles como mosso d’ escuadra y locutor de radio, luego se orienta hacia la escritura y publica con éxito su primera obra El peso de los muertos, que por cierto ganó el Premio Tiflos de Novela en 2006?

Voy a ser poco original. Te voy a decir lo mismo que digo siempre, porque es en lo único que creo. No es un salto, un paso el hecho de trabajar en varias cosas y luego pasar a la escritura. Uno tiene la vida que tiene, van pasándole cosas, y  encontrándose con circunstancias diferentes.  Hay una constante en mi vida que es la escritura. Antes la lectura. Desde crío mi madre me obligaba a pasar las tardes encerrado leyendo en la biblioteca de mi barrio, porque no quería que estuviera en la calle.  Así me convertí en escritor, no en el que publica libros, sino en el que simplemente escribe, en el que necesita hacerlo. Es un proceso natural que se da siendo muy niño. Recuerdo mis primeros relatos. Escribía mis primeras novelitas cortas con 13 o 14 años. Hasta 2006 no logro publicar mi primera obra. Es cuando recién comienzo a pensar que aquello con lo que sueñas se puede convertir en tu modus vivendi. Yo sé que es un privilegio, porque soy una persona que tuvo un sueño que se convirtió en realidad. Y que encima me da de comer, es mi forma de ganarme la vida. Pero entre tanto pasaron muchas cosas en mi vida. Yo soy una persona muy curiosa y las he ido afrontando en la medida que se fueron presentando. Entre ellas, estar en el seminario, trabajar de soldador, de camarero, viajar por el mundo, y acabar desarrollando una labor paradójica, al principio para mí, como la de policía.

Del Árbol  goza de un gran prestigio
y reconocimiento en Francia 
¿Tuvo en mente siempre ser escritor o es una vocación que poco a poco germinó en usted?

No tengo marcada la fecha en un círculo rojo. Pero cuando tenía 14 o 15 tenía un profesor de Literatura y Lengua Española que cierta vez nos llevó a mis compañeros y a mí a un  pueblo en  Tossa de Mar (Barcelona) para hacer una visita por la zona arqueológica, las ruinas romanas. Y al final nos dice: “Para mañana me tenéis que hacer una redacción sobre lo que habéis visto”. Yo escribí un cuento que no tenía nada que ver con la excursión. Solo me quedé con el castillo que vi, y a partir de él hice una historia de unos piratas bereberes que llegaban a Tossa de Mar y la saqueaban,  y en donde el protagonista  iba  corriendo y se encerraba en el castillo. Escribí un cuento de siete u ocho páginas de lo que era una redacción de trabajo. Yo era un estudiante muy malo, por eso  cuando se lo presenté al profesor quedó perplejo al leerlo. “¿Y esto?”, ¿cómo lo has hecho?, me preguntó.  “Es que yo escribo”, contesté con toda naturalidad. “¿Cómo que escribes?”, replicó asombrado. “Escribo cuentos, poemas, tengo un diario…”. A lo que el profesor agregó: “Sigue por ahí”.  Quizá en ese momento ya era escritor.  Sin buscarlo, sin saberlo, ya lo era.  Por eso, digo que es como respirar, es parte de mi vida. Entra y no se va nunca. La escritura se convierte en tu modo de expresión, de ver a los demás, de contemplar la vida.

¿Es cierto que quiso ser sacerdote y estuvo en el seminario por cinco años?  ¿Qué le aportó esa experiencia?

Sí, estuve en el seminario menor. Decidí ingresar cuando acabé la escuela básica. Fueron cuatro o cinco años. Desde los 14 hasta casi los 19 años. La etapa más importante de una persona. Esta época me marcó. Me condujo una idea romántica porque conocí en aquella época a un sacerdote que estaba a favor de la Teología de la Liberación, sobre que la iglesia se debía implicarse en la comunidad, y quería ser como aquel hombre. Soñaba con hacer algo por la humanidad, y pensé “si él es sacerdote, entonces, yo también debo serlo”.  Ingresé al seminario, pero tardé un tiempo en comprender lo que significa la estructura de la iglesia. A continuación tuve que afrontar el conflicto de fe: aceptar la ortodoxia y el dogma. No me fue posible asumirlo, y me di cuenta que estaba viviendo una mentira, que no podía ser sacerdote cuando no comulgaba con todo eso. Una vez que terminé el Convictorio —es el año que se hace antes de empezar a estudiar Teología, cuando ya decides ir hacia delante para convertirte en diácono y luego en sacerdote—, decidí dar un giro, un cambio de rumbo, y lo hice. Lo que me ha quedado de aquella época, curiosamente en contra de lo que la gente piensa, es el sentimiento crítico, la reflexión. Una cosa que aprendí  allí es a estar en silencio. Yo venía de un mundo de ruido, un chico de barrio acostumbrado a eso. Y de repente, debes  estar en silencio. Y tienes que aprender a pensar, y esos pensamientos van ganando fuerza dentro de ti, y aprendes a escucharte. Eso me ha acompañado el resto de mi vida. Además, me ha dado una idea trascendente de la existencia. Que somos algo más que aquello que hacemos.

También cuenta con numerosos
lectores en los Países Bajos
¿Es un pensamiento muy espiritual, casi místico?

No es místico. La espiritualidad forma parte de nuestra naturaleza. Somos muchas cosas, y entre ellas, inteligencia emocional. No solo somos racionales, sino instintivos. La consciencia de ser que nos viene de la idea de la muerte. Saber que somos mortales. Somos el único animal que vive su primera muerte. Que anticipa su muerte como horizonte, a largo plazo, de manera intelectual.

Empezó con buen pie en el mundo de la literatura en España, pero fue en el exterior en donde logra sus mayores éxitos, casi siempre se cumple aquello de que nadie es profeta en su tierra, aunque ahora es cuando se comienza a hablar más de usted aquí, ¿cuál es su opinión?

 Qué está bien así. En la vida hay que ser paciente y perseverar. Que al final las cosas que tienen que pasar, ocurren…


¿Cuál es el real peso que tiene para un escritor ser reconocido y valorado en el extranjero?  ¿A partir  de eso el camino se allana, y todo es más sencillo?

No necesariamente. Te da calma espiritual, por decirlo de alguna manera. Te ayuda a vivir de lo que generan los derechos de autor, las traducciones, tienes cierto reconocimiento, una predica ahí fuera, y es cuando dices “ten paciencia todo irá llegando”. ¿Qué trascendencia tiene? Yo creo que si no hubiera tenido el éxito que tengo en el extranjero me hubiera costado mucho más que alguien me empezara a escuchar aquí.


Dolores Redondo, una exitosa autora de novela negra ha manifestado que para escribir novelas de este género hay que ser un poco oscuros, ¿usted lo es? ¿Cómo es la mente y el alma de Víctor del Árbol?

Más que oscuro, porque todos los somos, escritores de escritura negra o no, hay que ser exploradores, eso es lo que importa de verdad. Si no hubiese sido escritor me hubiese gustado ser explorador…

Es un hombre muy espiritual 
¿Explorador de almas?

Más bien de paisajes, como diría Delibes, porque ahí está todo: el hombre, la pasión, y el entorno. Explorador entendido como curioso. Un escritor tiene que ser curioso, observador, y paciente. Vuelvo a eso, porque tienes que tener la paciencia de buscar aquello que quieres decir y encontrar la manera  más exacta de decirlo. El buen escritor es aquel que logra conectar el pensamiento con la letra, acortando al máximo la distancia. Eso se obtiene con tiempo.

¿Qué condiciones o requisitos hay que reunir para ser buen escritor de novela negra?  ¿Qué tipo de autores no son aptos para esta?

Si quieres ser escritor de novela negra, si quieres realmente tratar con el lado más conflictivo del ser humano, tienes que ser una persona valiente, porque tienes que ir hasta el fondo. No sirve que te quedes a medias. No puedes insinuar cosas y luego echarte para atrás. No puedes ser complaciente ni condescendiente con el lector. Debes ser honesto. Es un viaje interior personal duro. Tienes que tener la capacidad de separarlo de las emociones superficiales. El escritor de novela negra no busca el llanto o el asco, pretende ir al fondo de las cosas.

¿Por qué se decanta por la novela negra?  ¿Qué le seduce de este género?

Me seduce el juego de contradicciones. Esa idea de que el ser humano no es  unidimensional. No existe la bondad ni la maldad absoluta.  Y la novela negra te permite entrar a eso sin miedo. Por otro lado,  también me gusta porque es el género que está más pegado a la realidad. El que puede diseccionar la sociedad. Que se acerca a lo que antiguamente era la novela realista, de denuncia y crítica social. Eso lo hace estupendamente la novela negra. Hasta hace unos años era subgénero, estaba dentro del entretenimiento popular, y nadie las tomaba en serio. Los escritores podían decir lo que les daba la gana. Era como la verdad del borracho y por eso, nadie le hacía caso. Ahora es diferente, la literatura negra está cobrando una dimensión literaria importante, porque se cuida el lenguaje, la trama y la estructura. Se está convirtiendo, en mi opinión, en lo que era la novela crítica. Hoy en día ese lugar lo ocupa  la novela negra, y eso me interesa mucho

Su primera obra 
Sus críticos manifiestan que usted conoce el género humano mejor que nadie y aborda los conflictos existenciales de manera nunca antes vista, teniendo en cuenta esto, ¿cuál cree que es su aporte a la novela negra?

Esa dimensión humana. En la novela negra no importa si hay o no mucha violencia. Porque creo que se puede escribir sin que haya un solo crimen. La novela negra que me interesa es la guerra que hay dentro de nosotros. Lo que yo aporto de distinto es no entrar en el juicio de valor, sino buscar de verdad por qué somos como somos. En Francia dicen que soy el escritor del dolor. Me interesa el dolor como herramienta literaria, claro que sí, pero sobre todo como verdad. Puedes dar un tratamiento literario a cualquier cosa y acabar convirtiéndolo en un cliché. A mí lo que me importa de las novelas que escribo es que cuando las cierres no seas el  mismo que cuando las abriste.  Te voy a contar una historia, te va a entretener, gustar y a atrapar, pero sin darte cuenta vas a terminar haciéndote las preguntas de mis personajes. Siempre tengo muy presente al lector como protagonista.

¿Le demanda mucho esfuerzo mental y emocional crear sus personajes y  en general, el desarrollo del tema?  ¿Cómo queda después de cada cierre de capítulo, por ejemplo?

Vacío. Tengo que volver a rellenarme. Me aparto. Descanso. Hago otras cosas que me gustan como esquiar, leer, escribir otro tipo de registros, como la poesía.

¿Escribe también poesía?

No la publico. Es para mí. Me relaja. Aunque siempre hay un momento que alguna historia vuela y tengo que volver. Entonces, me pongo a escribir.

Confiesa que su mayor ilusión es ser profeta en su tierra
Entre su primera obra, su segunda novela  La tristeza del samurái y la más reciente, Un Millón de gotas ¿hay diferencias sustanciales en cuanto a la creación de personajes y el desarrollo de la obra? ¿Qué ha querido conservar o respetar de esa forma de contar de su ópera prima en las demás?

Con Un millón de gotas estoy contento porque como escritor he experimentado una evolución que necesitaba. Yo creo que un escritor siempre debe evolucionar,  nunca debe quedarse en un sitio donde se sienta confortable. Si  eso te está pasando, sal de ahí, porque te estás aburguesando. Si te acomodas vas a acabar perdiendo fuerza. Lo que me gusta de Un millón de gotas a diferencia de otras novelas que he escrito es que tiene mucha esperanza. Yo siempre había escrito sobre el dolor y sus diversas formas. Sin embargo, en esta última, una constante son las emociones positivas, y he descubierto el amor en todas sus dimensiones.  Un millón de gotas es una gran historia de odio, sí, pero también de amor.

Sobre un Millón de gotas,  ¿qué hechos tan trascendentales pueden ocurrirle a un hombre para que descubra  de pronto que en él habitan otros más, y muy distintos?

En el caso de Gonzalo Gil, que es un abogado de medio pelo, pero que vive bien, que está casado con una mujer rica, y es un tío bien puesto, lo que le sucede es una llamada a su casa que le dice que su hermana mayor se ha suicidado. Gonzalo que no ve a su hermana hace 10 años se encuentra con un recuerdo que no calza con el panorama actual de ella. Entonces, decide adentrarse en una realidad que no es la suya, que es de su hermana,  y descubrir el submundo de la delincuencia organizada.
Puede haber un hecho que cambie nuestro destino,  hacer salir lo mejor o peor de uno. Hay sucesos traumáticos como un accidente, la muerte de alguien o un mal encuentro, pero también puede ser algo tan simple como un paisaje o el descubrimiento de un libro. Por ejemplo, El Príncipe de Maquiavelo. Cuánta gente del poder ha tomado una decisión después  de leerlo. Cuando algo se encuentra con alguien en el momento adecuado, ocurren milagros.

Edición italiana
¿Por qué hombres tan buenos como Gonzalo Gil se ven envueltos en situaciones problemáticas y desgraciadas tanto en la realidad como en la ficción? ¿Es que la bondad siempre está a prueba?

Siempre. Muy bien. Esa expresión es muy bonita. La bondad siempre lo está. La maldad no la necesita. Hay muchas manifestaciones cotidianas de ella, y vive dentro de nosotros, porque forma parte de nuestra naturaleza. Es el ying y el yang, del taoísmo. Tenemos que luchar continuamente contra lo que somos y queremos ser; contra lo que nos gustaría hacer y no podemos;  nuestras frustraciones y felicidades; derrotas y victorias. En ese equilibrio vamos pasando los años y la vida, y llegamos al fin. Yo creo profundamente, y me apoyo en Albert Camus, uno de mis escritores de referencia,  en la bondad del hombre. Pero lo malo es que no sabe que es bueno, lo tiene que descubrir.

¿Gonzalo Gil no debió remover el pasado?  ¿Es partidario de destapar secretos de familia e investigar sobre sucesos no resueltos?

Si quieres amar algo de verdad, tienes que conocerlo…

¿A costa nuestra?

A costa de lo que sea. Si tú decides vivir realmente tienes que estar dispuesta a afrontar la verdad. El precio es el dolor, pero vas a obtener la libertad a cambio.

Con la autora de la nota
¿Es el riesgo?

Vas a sufrir conociendo la verdad, pero vas a tener una dimensión diferente. Podrás liberarte y dejar atrás a tus fantasmas. La decisión es tuya.

Un Millón de gotas es una  novela compleja donde se entrecruzan acontecimientos pasados y escenarios remotos, ¿fue complicado reconstruir esta trama para hacerla tan creíble? ¿Demandó mucho trabajo de documentación e investigación?

Una de las características del thriller es que tiene que estar bien documentado y una de las cosas que se le puede exigir a una novela no es la veracidad sino la verosimilitud. No es que haya sido verdad, sino que pudiese haberlo sido. Eso se puede hacer, en primer lugar, a través de una distinción realista de los personajes, luego, en segunda instancia,  mediante un acercamiento lo más exacto posible de las circunstancias históricas para tener un contexto creíble.
Puedo tardar en investigar y documentarme un año o año y medio, y luego el proceso de escribirla es de  tres o cuatro meses.

¿A qué hace alusión Un Millón de gotas?

Te lo va decir Laura, una de las protagonistas, es policía. Cuando ella está luchando contra la mafia rusa, y nadie le hace caso, su jefe le dice: “No te metas más,  que solo eres un gota en un océano”. A lo que ella contesta: “Qué es un océano, sino un millón de gotas”

¿Cuáles son sus aspiraciones con esta obra?

Que el público mayoritario me conozca, que por fin pueda ser profeta en mi tierra. Esa es mi gran ilusión. A partir de ahí, que Dios reparta suerte.
Si desean saber más de la autor o
de su obra
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